Por: Ana Gamboa Quesada
Como profesional del turismo y madre de un chico futbolero, hablar del Mundial de Fútbol 2026 me llena de emoción por partida doble. Falta menos de un año para que arranque este gran evento en México, Estados Unidos y Canadá, y ya podemos sentir cómo el turismo comienza a vibrar al ritmo de los aficionados que planean su viaje para vivir este sueño en persona.
En mi trayectoria, he visto cómo el turismo tiene esa maravillosa capacidad de conectar culturas y crear experiencias inolvidables. Y cuando se suma la pasión del fútbol, ese fenómeno se multiplica. Un Mundial no es solo partidos y goles; es descubrir ciudades, probar sabores nuevos, recorrer calles llenas de historia y emocionarse en cada rincón. Es, en esencia, el turismo en su máxima expresión.
Estados Unidos, con una estrategia impecable a través de Brand USA, ya está capitalizando esta oportunidad. La reciente campaña presentada en Chicago, bajo el lema “No venimos a mostrar un país, sino a invitar a sentirlo”, lo resume perfectamente. El turismo es emoción. Las cifras impresionan: millones de visitantes adicionales, miles de millones en ingresos, nuevas rutas aéreas, más empleos. Pero detrás de esos números están las historias humanas de quienes viajan y de quienes reciben a los viajeros.
Sin embargo, como latina, hay un tema que no puedo dejar de mencionar. Nosotros, los latinos, llevamos el fútbol en la sangre. Somos los que pintamos las gradas con nuestros colores, los que viajamos en familia, los que ahorramos por años para estar ahí, cerca de la cancha. Y aunque somos los más fieles, todavía enfrentamos barreras migratorias que dificultan que muchos puedan cumplir ese sueño. Es contradictorio: el fútbol une al mundo, pero las políticas migratorias todavía separan a muchos de estos escenarios globales.
Y más allá del Mundial 2026, ya estamos viendo señales que deben hacernos reflexionar. Tanto el reciente Mundial de Clubes como la Copa de Oro han evidenciado estadios con muchos asientos vacíos, incluso cuando los equipos más esperados están en cancha. ¿Qué está ocurriendo? En gran parte, un factor que preocupa es el miedo: el temor a situaciones de seguridad, la incertidumbre política, los altos costos, las complicaciones migratorias, y también el cambio en los hábitos de los nuevos públicos. El turismo deportivo no es inmune a los cambios del mundo.
El reto es grande. Los organizadores no pueden confiar únicamente en el magnetismo del fútbol. Deben garantizar seguridad, accesibilidad y confianza para que los aficionados —especialmente los latinos, que somos el alma de la grada— podamos seguir siendo parte viva de estos eventos. El fútbol necesita estadios llenos, necesita esa energía que solo el público sabe poner.
El turismo deportivo es, sin duda, una industria poderosa. Pero también tiene un enorme potencial humano. El verdadero desafío para los países anfitriones es lograr que esta experiencia no sea solo un momento, sino el inicio de una conexión duradera. Como siempre digo: el turismo, cuando se hace bien, no solo mueve economías; mueve corazones. Y en este Mundial, tenemos una nueva oportunidad para demostrarlo.


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